Ocho dinosaurios en una mesa gigantesca, rumiaban felizmente sus alimentos: "pequeños cerebros fetales". Sabían muy bien por experiencias ancestrales , que al comer algún tierno cordero, algo en ellos se encendía ,aunque sea por unas milésimas de segundos. Masticaban gozosos, hasta que, el aparente más joven dinosaurio, dice: pronto cumplirás 2.303 años, -señalando al más viejo de la mesa- tus pisadas han servido de mucho para tus nietos y futuros descendiente, debemos conmemorar eso; pero tratemos que sea una fiesta muy bien recordada y puedan asistir de buena gana las pequeñas y raras lagartijas. Los seis restantes entre eructos, resoplaban su desacuerdo. El dinosaurio de la mirada ceñuda, justo cuando sostenía un pedacito de cerebelo entre sus dientes, refutó: cuervos y buitres son lo que necesitamos, ellos si contemplan con susto nuestra grandeza; esas Lagartijas son innecesarias, jamás veremos en ellas alguna presencia. El más antiguo, para quién iba dirigido el discurso, ya ni escuchaba y peor le importaba; sus sentidos solo estaban atentos a la comida y al sueño, su deleite era dormir en las típicas reuniones sociales. Hasta se había aprendido un truco: todo lo que le preguntaban, él solo movía su cabeza, como manera de aprobación y así nadie lo volvería a interrumpir al cerrar sus ojos. Los otros 5, que preferían echar sus panzas en los charcos, tal vez por respeto o por el gusto de "hacer" decidieron colaborarle al anfitrión en la refrescante propuesta, pues, no todos los días del año la comida era más vista y saboreada: entre plantas y diferentes carnes, era el gran banquete.
E esos días encerrado en su cueva, el supuesto joven dinosaurio: escribía y escribía su "esmerada introducción", como maestro de ceremonia no quería que ni una coma se pasara por alto, su discurso debía ser perfecto, las palabras deberían ser bien tratadas y los aplausos serían el toque mágico, cuando él acabase su exposición.
Las lagartijas ni cuenta se daban que algo tramaban sus grandes y aventajados compañeros del habitad, ellas ya estaban acostumbradas a sus chillones y desenfrenados zangoloteo, sino fuera porque, una de esas noches vieron fogatas en un largo tramo de la selva y todos los dinosaurios -que solo eran 8- estaban juntitos y apretados en una gran mesa. El dinosaurio , el aparentemente más joven observa a todos del lugar y entre tantos animales grandes presentes, achicaba los ojos para buscar, si había alguna lagartija , pues eran sus invitadas de honor , aunque ellas ni lo sabían. Empieza a expresar sus escritos, este dinosaurio en un lenguaje monótono y austero, no desprendía los ojos de su texto, pues no era una hoja, ni cinco, eran cien hojas que el pobre había preparado y en todas ellas mencionaba sin cansancio una por una de las obras, que el más viejo de la tribu había alcanzado. La voz de este era tan aburrida nadie le prestaba la más mínima atención, pues los espectadores en vez de escucharlo, prefirieron comer y beber sin parar y como siempre, el más viejo, el festejado de la noche, se relajaba en su más profundo sueño, esta vez a nadie se le ocurrió despertarlo. Las lagartijas sin entender si quiera de lo que hablaba el anfitrión de la reunión, decidieron seguir cazando moscas y bichos , y esta vez lo harían con más calma , pues el vaivén de sus gigantes compañeros, reposaban por ahora . ¿Cuántos dinosaurios hay aún por ahí, que solo leen y leen su esmerada exposición? ¿Cuántas lagartijas existen por ahí, que llaman la atención por su despreocupada exhibición? Aunque hay versos, sin querer , se lo debemos a este educado y refinado dinosaurio, que ahora prefiere dormir en múltiplos eventos y a su elección.
Delia Pin Lavayen
Blog de cortos ensayos relacionados con el arte (teatro), sociedad; entre otros cuentos y decires. Este blog enlaza con mardeltadelia.blogspot.com
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